Ante las representaciones estereotipadas del pueblo, tanto en la literatura como en el relato de la nación, los textos reunidos en Entonces hubo pueblo revelan su potencia de vida y repujan su consistencia social, evidenciando —en la voz del vendedor nocturno y la mirada del niño que recoge «puchos», en la mano que amasa el «pequén» y los hombres y mujeres que abren caminos en Futaleufú— su auténtica y legítima condición de «fortaleza intensiva» de Chile. En estos escritos, el pueblo se constituye en un mismo cuerpo con el paisaje y la naturaleza, en respuesta a la adversidad heredada de sus tormentosas longitudes y sufrientes angosturas, y en favor del bien común que así crece y se vuelve experiencia colectiva para decir «entonces hubo pueblo», no ante el umbral de un misterio, sino llevando «en las venas los tuétanos de la vida».