Este microcosmos hace que entre los habitantes de las cuencas mineras existan cientos de hilos invisibles. Algunos unen, otros ahorcan, muchos se han roto para siempre. Son la consecuencia de un trabajo que lo abarca todo, que moldea la sociedad, la economía y el entorno. En otros lugares, las personas salen de la oficina o de la fábrica y en su comunidad de vecinos o en su barrio nadie sabe dónde trabajan ni les importa. Eso es imposible en un pueblo minero. En las cuencas, pocos se escapan de ser un hilo más en un gran tapiz tejido durante generaciones. Noemí Sabugal