Con la cabeza erguida, cruza el umbral. Bajo sus patas, el piso de cemento conserva la frescura de la noche. En el patio interior, vira a la derecha y recorre un pasaje de frío concreto gris hasta la puerta de la habitación. Pasa frente a un baño, dos puertas ocultas tras mosquiteros y una pequeña biblioteca de vidrio llena de libros mohosos que aprovecha para rociar con su orina. En un mango más allá de las paredes, el canto de un grupo de loras reclama su atención. Imagina los cuerpos verdes y amarillos aleteando en el cielo grisáceo —fulgores que giran atravesando el follaje mientras él acecha desde las ramas, atento al juego eterno que lo consume—. Salivando, hace una
pausa y acomoda el lagarto en su boca. El aire aún huele a caza, niebla y luna.